No quiero pensar en la muerte y digo con toda franqueza que no creo en ella. Nadie me ha probado fidedignamente que yo deba morir y con el hecho de que todos mueren no me basta. No es suficiente. Si yo, y otras personas, conocemos cosas inexistentes como los duendes, también se puede pensar en personas que conozcan personas que no mueren. Habrá aquellos que recuerden inmortales o inmortales que recuerden mortales. De todo puede haber. Y yo no creo en mi muerte.
Pero esa muerte es obstinada y una de las tantas cosas que no perdona, además de la vida, es la duda y la negación. Se obstina en llamarme, susurrarme al oído y maldecirme con un número. El número es de una edad y me lo reservo porque siempre que vaticino algo, no pasa. Y ese número me es bonito.
La muerte se representa y me recuerda desde los primeros pasos del día cuando asesino sin piedad a un mosquito mal parado.
Su amiga, la Agonía, también se representa y me busca. El pobre mosquito no quedo allí muerto sino que sacudió sus patas y antenas por unos minutos.
También es cruel, la agonía. Principalmente porque no sigue las normas de los mortales, uno de los tantos lujos que se dan las cosas inmortales, y no siempre es ascendente. Muchas veces va y viene. Supongo que no hay dolor verdadero sin esperanza. La fe tiene esa ambivalencia: da fuerzas y las retira cuando se escapa.
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