El escape alterado de una motocicleta, de al menos 250 c.c., lo despertó. El ruido más bien. Miró el techo con decepción como cada mañana. Pero esta no era mañana, era tarde.
Pasó la noche y la madrugada viendo películas y maquinando historias que le acompañaron hasta en el rato de soñar.
Miró el cielo razo con decepción e inició el conteo de las situaciones. Tenía algo de hambre, no muchas ganas de orinar y... Algo nuevo, más viejo. No estaba el sabor amargo en su paladar. Sintió calor, observó que la luz era más cálida que cada mañana y calculó que debía ser tarde. Sintió calor. Abrió la ventana y una brisa como de elevador, como marina, como de salvación, ahogó ese cuarto que desde hace poco más de dos semanas se siente solo y abandonado. Las historias de la noche pasada seguían en su cabeza y algún que otro sueño fue liberado por su inconsciente.
Allí quedó, entre dormido entre despierto. Soñando, peleando con la imaginación para darle forma a una escultura de fieltro y mascullando el himno para una futura novela. Quedó no más solo y solo se sintió bien. Pensando en las aventuras de caballeros brillantes, hijos de príncipes reconciliadores. La soledad aprovechó la mueca de sonrisa que él hizo cuando entró a la habitación navegando sobre una de esas ráfagas de viento que inundan el alma. Aprovechó y le hizo el amor. Lo quiso, lo reconfortó, lo amó y le permitió viajar a universos fríos que quieren ser enamorados. Aprovechó y le regaló la pasividad de quien se siente solo pero tranquilo, abandonado pero liberado.
La maravilla de olores que reproducía y recordaba entre los sueños mojados de su pura inconsciencia fue detenida por el estomago. Éste, celoso por la falta de atención. Molesto por toda la pasión concentrada en la imaginación y la entre pierna, gruñió. Gruñió y gruñió hasta que logró separar a los amantes. La soledad partió así como vino y dejó un marullo de autopista tras su partida. Él no quiso negociar con el terrorista estomago y no cedió a los caprichos de las necesidades mundanas de comida. Empero, la imaginación si lo hizo. Lo hizo por divertido, porque siempre esta dispuesta a jugar con los sentimientos. Le trajo a su mente pasteles, queques, chocolates, arroces, canapés, carnes jugosas y ensaladas frescas. Casi no lo logra. Hasta que recordó, la imaginación, que con la pasta se manipula fácil a este tipo. y Así lo hizo. Con solo evocar el olor del tomate en salsa consiguió levantar de golpe al vagabundo.
Ni un trasto limpio. Una cocina desastrosa y cochina bajaron los ánimos de un gran almuerzo. El sustituto, una salchicha, sirvió para calmar los anhelos terroristas del estomago. Luego lavar y ordenar, que si la cocina se disponía a servir de santuario no podía quedar ni una mancha. Cocinó todo. Todo lo que encontró y cuyo aroma le pudiera evocar tiempos mejores. Cocinó y cocinó. Cocinó y olvidó. Se olvidó hasta de vos.
Olvidó tanto, que olvidó el tiempo. Para cuando notó que la noche le acompañaba desde hace un buen rato, ya era tarde. Tuvo que cortar la cocción de la pasta, acelerar la salsa y picar como loco las cebollas y los chiles. Tirar los hongos como si no importaran y salir escabullido de la cocina al baño. Antes de que acabara de enfriarse el puré él ya estaba peinado, vestido y perfumado; en carrera hacia el teatro. La larga fila, las caras enemigas y el sentimiento de que debió de haber aprovechado para hacerle conversación a esa tierna mujer que le pidió prestado el programa. Nada pudo arruinar el buen ánimo que dejaron todos los olores de especies en su cabeza. La Macha llegó tarde y apurada, pero con una sonrisa de buena compañía envidiable. El espectáculo no fue malo ni bueno, solo divertido. Cuentos de desahogo se mezclaron con canciones corta venas y algunos silencios que le permitían recordar a su ex. Entonces pensó que ese show era como su vida actual. Algunos ratos lindos, otros aburridos, tantos melancólicos y muchas muchas risas y buenas sonrisas. Así fue la noche.
Una cerveza en el bar de Rita y ese sentimiento de superación que habita ese lugar se le impregnó en la chaqueta. Pronto salió huyendo al encuentro de un romance nocivo, una cura al mal de amores, un ave de paso.
Cervezas y risas, cuentos y aventuras pasadas. Uno que otro lance en búsqueda de alguna trompa cómplice. Al final un beso de despedida y una sesión de psicoterapia con la siempre inquisitiva K. Y ojo que la K no es para guardar anónimo, ese es su nombre verídico.
Despedida de amigos y camino pronto a la alcoba para descansar, que el mundo inicia otra vez mañana.
En la cama antes de dormir se dejó hacer el amor otra vez por la soledad. Un suspiro y la mirada otra vez al techo. Esta mirada ya no tiene decepción.