Parece que en este mundo desalmado la madurez se alcanza por medio de la negación. Del ser, del amor, de la derrota. De todo lo que se interponga en el camino. A Dios hay que matarlo si es necesario.
Nací en una generación en la que el matrimonio arreglado ya no es una opción y tenemos (fuera de nuestras cabezas acomodadas al menos) la opción de elegir el libre albedrío y transformarnos en el sentido que el deseo lo exija.
Pero tanto lujo de detalles nos aleja del sufrimiento, aparentemente. No esta bien visto quejarse de lo que uno un día eligió.
Y esa es la verdadera mentira. Que podamos escoger. Cuando la mayoría de nuestras elecciones responden a la suerte, la salud o el dinero. Mentira que podemos hacer lo que queramos. O cuando fue la última vez que alguien cumplió su impulso o se comprometió por un capricho.
Estamos atados a esta realidad y corremos hacia donde ellos dicen. Si dicen que hay crisis hay que tolerar lo que sea y recibir el castigo de los pecados de otros. Dejar que las empresas supriman cada día más derechos laborales con la excusa de "ahorrar". Cuantas familias se quedan sin sustento a la medida que las ganancias se siguen disarando.
Que pasa de esta vida donde esta prohibido sufrir, aunque el sufrimiento sea grande y cosa de todos los días. Es que solo por el dinero y la muerte vale la pena llorar. En realidad queremos vivir en un mundo sombría y cruelmente gobernado por esas dos deidades (dinero y muerte). Uno manipulado por quienes lo tienen y otra implacable, impredecible, indómita, con quien no se puede negociar si no es por la intervención divina de un Dios inexistente. Es que ni dinero acepta la maldita muerte, solo nos lleva o se lleva a nuestros seres queridos cuando le da la gana.
Maduremos, pero hagamoslo como seres íntegros, sin dejar nuestras emociones en el camino. Porque, de que sirve el esfuerzo si vamos a suprimir nuestro llanto ante la derrota, si no vamos a sentirlo. De que?
Crecer con la cara empapada, de sueños, de imaginación, de risas y de juegos. Y la imaginación que no la toquen, que no la piensen cobrar, porque es lo más sagrado que me queda.
Veánme, otra derrota y no aprendo. Pero ya decidí que no quiero aprender, solo quiero conocer, experimentar y besar tus mejillas frías de tanto llorar.
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