domingo, 17 de enero de 2010

Mmemorias taciturnas

Hizo un hueco en la pared para introducir un gancho del cual colgó un trozo largo de cuerda. Cada noche, cuando no llovía y no tenía nada ni nadie mejor para hacer, se iba a pasear por los barrios de la periferia a robarse todo tipo de objetos, en su mayoría adornos absurdos de jardín. Meticulosamente les perforaba un costado y armaba un collar gigante. A los dos años ya atesoraba una colección respetable de memorias colgantes y la soga tuvo que ser varias veces ampliada a fin de soportar más y más viajes furtivos.

Las noches se convirtieron en madrugadas y las ocasiones pasaron de pocas a muchas. El mal clima se comprobó impotente para detenerle. Ya dejaba amigos y amigas atrás con tal de no desperdiciar una oportunidad de escaparse. Los días los pasa aburrido, taciturno, esperando una la luna que le infunda más ganas de irse a las andadas. El collar da tres vueltas ya a la habitación.

Una vez tres fueron las chuncherías que se robó y no pudo decidir cuál colgar. Botó las tres y se prometió mantener la línea de adjuntar un recuerdo a la vez.

Las explicaciones siempre variaban pero nunca cuenta a nadie porque esas porquerías cuelgan de sus paredes. Solo excusas da al mundo ordinario al tiempo que se va sintiendo más ajeno a las efimerías del diario vivir.

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