Dice que ya no sabe como se siente. Pasa el día inventado formulas alquimistas para la restauración del ser interno.
Que si deja de pensar en aquello y se concentra en lo otro, mejor y con un grado de desviación hacia la adaptación de una verdad y algunas mentiras con la mayoritaria suma de alguna sonrisa, tal vez un abrazo y luego los ojos brillantes.
Pero no funciona, porque controlar el pensamiento no es una de sus virtudes. Entonces se pierde y se sienta con la mirada perdida en el horizonte, a que la brisa del mes le choque en las niñas de los ojos para simular que las lágrimas provienen del exterior y no de la depresión.
Un trago de cerveza, tantos jalones de cigarro, alguna copa de vino y mucho y muchos tragos de whisky, no ayuda. entonces se dedica al ejercicio y por una hora no piensa más que en como evitar ahogarse, así que olvida por un instante como esta el mundo. Pero acaba y tiene que caminar regreso a casa, en un trayecto lleno de memorias que hace que se le vuelvan a pegar todas las malas sañas que le acompañan desde hace semanas.
Rodea el tema, lo esquiva, lo ataca por detrás, lo laza y lo ata. Le cae encima y lo marca con un sello, pero aún es incapaz de redescubrir la verdad.
Así que se sienta en la mesa de la esquina, escribe un par de poemas y mira a la mesera con ojos de niño lindo, le sonríe a la muchacha que se sienta junto a él, luego paga el café y apaga el cigarro. Se dispone a huir y corre hasta llegar a la puerta de la esquina. No contempla más que un hondo y vacío hueco que se escapa por el color azul de su ventana.
Finalmente piensa que no es nada y que mañana o el otro año estará mejor. Intenta sonreír y dice que esta bien cuando alguien le pregunta sobre su estado de ánimo por el messenger. Pero suerte no, suerte no tiene definitivamente.
1 comentario:
me identifico bastante, es bueno saber que no solo uno enfrenta eso del "subibaja"...
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