Le duelen las manos, mas no se las puede acariciar, no quiere soltar pista.
El joven lo mira y lo mira. Un juicioso apresurado se asoma de los ojos del imberbe. Pensar, de no haber renegado la profesión sería Beto quien le miraría juiciosamente y no el inexperto quien observa al maestro como chunche viejo. Lee y relee -el joven, Beto ni los anteojos- los escritos del viejo. Beto molesto quiere chistar, quitarle los papeles y decirle una o tantas cosas de por qué es tan torpe o inexperto. Beto desespera y mastica la humillación entre su amarilla y roída dentadura. Cuando se es viejo lo primero que se pierde es el orgullo, la dignidad, luego la esperanza y así todo se va a como se va el tiempo, de segundo en segundo, lo que dejamos de segundo es lo que siempre más extrañamos. Lo primero no, con eso la cagamos.
Con desfachatez el joven editor pasa aquella crónica del día del Beto que escribió de Pelé. Es un pobre texto, cierto, pero no se perdona que pase como si nada un retrato escrito del mejor jugador que los ya cansados ojos de Beto hizo jugar.
La reunión acabó. Como todas. Se alargó más de lo necesario y para el final a Beto ya ni trabajo ni salario, quiere fumar y acariciar sus manos. Como duelen, las manos, y es diciembre, el peor mes para que un viejo busque trabajo.
No le van a llamar, nadie le quiere contratar, de nada sirve este trasto viejo, las miles ideas se repiten en la cabeza de Beto en el bus que lo lleva de vuelta a casa. Mira el desdeño del más viejo que paga el pasaje con carné y casi se siente dar un tiro. Solo sonríe, como lo ha hecho los últimos veintitantos años, cuando recuerda aquella tarde en que renunció al periódico con una escena sobrecargada de drama y orgullo. Se pregunta una vez más si se habrá equivocado. Cuarenta y siete malas novelas peor pagadas, dos exesposas y un hijo malagradecido que justo hace poco emigró del país le sirven poco para justificar su escape del periodismo aquella tarde de mayo, cuando decidió que no se dejaría podrir en un ingrato periódico. Para ser maltratado con ingratitud basta vivir. Lo sabe ahora, ahora que ya no puede volver el tiempo. Mira con celos al chofer del bus, al vendedor de frutas, al barrendero del caño, todos aportan algo al mundo, lo hacen menos hediondo al menos, ¿y sus cuarenta y siete novelas que bien le han hecho nunca a nadie?
El artritis duele, duele mucho. Ya no puede escribir mucho, cocinar es una tortuosa experiencia y hasta visitar el baño le recuerda a sus manos inútiles. Ocupa con desespero un empleo, algo de donde sacar una pensión y un seguro que le provea de las inservibles cremas y tratamientos para evitar los dolores del artritis. Más que eso, ocupa ocupar su tiempo ahora sin hijo ni perro, ahora sin amigos y sin esposa, ahora que siempre hay tiempo para todo.
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